Hace 13.800 millones de años y de alguna forma que aún no conocemos con exactitud, surgieron los átomos de hidrógeno.
Esos que suponen la mayoría de los que componen el ser humano. Una mayoría entre cuatrillones de ellos.
Son los mismos, y no es una forma de expresarse, es literal. Todos ellos estaban allí y ahora están aquí.
Tras una infinita cadena de improbabilidades, nos han dado un cuerpo, un ser. Y añadiendo infinitud al infinito, nos ha hecho coincidir en un puntito del cosmos, en un tiempo, en un lugar, con otros seres que provenían de la misma eclosión. A la inmensa mayoría no les conocemos, a unos pocos sí, y a unos aún más pocos, les queremos, les agradecemos su presencia en nuestra vida. Les necesitamos para que sigan dando sentido a nuestra existencia.
No es poesía, es simplemente física, el pensar que han sido precisos eones para llegar a que el universo mismo sea capaz de contemplarse, de pensar, amar y soñar.
Sería una magia inconcebiblemente hermosa, si pudiésemos quitar de la ecuación el odio y la destrucción.
En la historia más antigua del tiempo ya hubo una pelea entre materia y antimateria que por muy poco ganó la primera. Fue necesaria para que todo tomara forma. Pero nuestro odio, nuestra insensibilidad no sólo no son necesarios, sino que contradicen aquello por lo que todo comenzó a ser.
En esta minúscula y a la vez grandiosa gema azul que flota en líneas de gravedad, se pueden escribir grandes páginas de lo precioso de poder tener sentimientos de unidad. Por desgracia, abundan los malos escribanos que emborronan el descomunal milagro de existir.
Pero por suerte, aún siendo abundantes, casi ni se ven entre toda esa bondad que hace posible que haya bonitos amaneceres y dulces atardeceres.
Ahora que la ciencia ha llegado a esas certezas, no sería para que la humanidad dijese: oye, que maravilloso milagro, somos uno, somos lo mismo, vamos a obrar en consecuencia.
Pero no.