Las lecturas de la misa dominical de ayer están escogidas para resaltar el perdón de Dios. Tenemos el salmo "El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia", y la lectura evangélica de la parábola del siervo sin entrañas. De hecho, el perdón es tan central al cristianismo que forma parte de una de las peticiones a Dios en el Padrenuestro, la oración del propio Jesucristo, "perdona nuestras ofensas ("deudas" en la versión griega y latina) así como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden/deudores.
Pero me gustaría transcribir la primera lectura, sacada del libro llamado de la Sabiduría de Ben Sirá en la tradición judía, y del Eclesiástico en la tradición cristiana, escrito a principios del siglo II a.C:
Rencor e ira también son detestables,
el pecador los posee.
El vengativo sufrirá la venganza del Señor,
que llevará cuenta exacta de sus pecados.
Perdona la ofensa a tu prójimo
y, cuando reces, tus pecados te serán perdonados.
Si un ser humano alimenta la ira contra otro,
¿cómo puede esperar la curación del Señor?
Si no se compadece de su semejante,
¿cómo pide perdón por sus propios pecados?
Si él, simple mortal, guarda rencor,
¿quién perdonará sus pecados?
Piensa en tu final y deja de odiar,
acuérdate de la corrupción y de la muerte
y sé fiel a los mandamientos.
Acuérdate de los mandamientos
y no guardes rencor a tu prójimo;
acuérdate de la alianza del Altísimo
y pasa por alto la ofensa.
Verdaderamente, hablar del "vengativo Dios del Antiguo Testamento" es más que inexacto. Las semillas de la enseñanza evangélica ya se hallan en la Antigua Alianza, aunque solo alcanzan su claridad y esplendor con las palabras del Salvador.