Hoy es miércoles de ceniza, el día con el que la Iglesia católica inicia el periodo conocido en el cristianismo como Cuaresma. La cuaresma son los cuarenta días previos a la celebración del llamado Triduo Pascual, la fiesta más importante del calendario anual cristiano: la instauración de la Eucaristía por Cristo durante la Última Cena (Jueves Santo), la muerte redentora de Jesús en la Cruz que borró los pecados de los hombres (Viernes Santo), y la gloriosa resurrección de Cristo, que abrió a todos las puertas de la vida eterna (Domingo de Pascua).
Cuarenta es una cifra simbólica desde el Tanaj o Antiguo Testamento, que representa el periodo de purificación del hombre o de la comunidad, en preparación de presentarse ante Dios: días en el diluvio, años en el desierto tras la salida de Egipto, días en el camino de Elías al Monte Horeb, o la referencia más inmediata, los días que Jesús estuvo tentado en desierto antes de iniciar su misión evangélica.
Los judíos ofrecían durante los periodos de purificación sacrificios expiatorios de los pecados cometidos (reses primogénitas) en el altar a Yahvé, y ejercían obras de caridad como la oración, la limosna o el ayuno. En el cristianismo, el sacrificio supremo por el perdón de los pecados ya lo hizo Jesucristo (y se renueva memorialmente en cada eucaristía), pero se conservan el resto de acciones piadosas. La teología cristiana considera que sólo Cristo puede redimirnos y llevarnos ante el rostro de Dios, porque no hay acción humana, por meritoria que sea, capaz de purificarnos lo suficiente como para contemplar a Dios cara a cara, pero la Iglesia católica mantiene el ayuno, la oración y la limosna como prescripciones (generales, pero especialmente en Cuaresma) como un modo de que nuestra voluntad, simbólicamente, se una o coopere a la acción de Dios. Esa cooperación del alma humana a la acción divina, que no la "completa", porque aquella no lo necesita, pero sí muestra el amor a Dios y a los hermanos, es característica de la teología católica, frente a la protestante, que considera que las buenas acciones no tienen papel alguno en la salvación, y simplemente son expresiones "naturales" de un alma previamente justificada por el sacrificio de Cristo, dejando la voluntad humana tan herida por el pecado que sencillamente no puede optar por el bien.
Precisamente, sobre ese aspecto de que ninguna acción humana meritoria puede purificar lo suficiente al hombre frente a Dios, y que dependemos de la misericordia de Yahvé, trata la exégesis que Cristo hace sobre los tres pilares de la piedad judía, aplicables a la Cuaresma, en la lectura que hoy escoge la Iglesia para este día. No debemos alardear de nuestra limosna, ayuno u oración porque Dios no "cobra" con ellas el perdón de los pecados, ya que eso no tiene precio alguno. Esas obras piadosas muestran nuestro amor a Dios y a su enseñanza, y eso es lo que le agrada, y lo que premia... cuando se hacen "privadamente", porque Dios "ve en lo escondido" y premia "en lo escondido".
Del capítulo 6 del Evangelio según san Mateo
1. "Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial.
2. Por tanto, cuando hagas limosna, no lo vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga.
3. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha;
4. así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
5.Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga.
6.Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
16. Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo que ya reciben su paga.
17. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro,
18. para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará".
Como en muchas otras liturgias y festividades, la Cuaresma está preñada de símbolos. Y el más notorio hoy es el que le da nombre: la Ceniza.
Entre los antiguos en Oriente Próximo (no sólo entre los judíos), la ceniza recordaba aquello en que se convertían los hombres cuando, una vez muertos, eran incinerados: un montoncito pequeño de ceniza. Era un símbolo de la nimiedad que somos los seres humanos cuando la vida y el alma (entre los antiguos se consideraban lo mismo) nos abandonan, y todas las obras, honores y prendas físicas e intelectuales pasaban. La ceniza, por tanto, es un símbolo de humildad, principalmente ante Dios.
Era costumbre en aquella época, para mostrar pena o arrepentimiento, echarse ceniza sobre la cabeza, para mostrar el dolor, reconocer la humillación o evocar la muerte.
Ejemplos numerosos se pueden ver en Génesis 18, 27; 2 Samuel 13, 3; Isaías 58, 5; Jonás 3, 6; Job 2, 8; Lamentaciones 3, 16; Ester 4, 1; Judit 4, 11 y 15; Eclesiástico 40, 3; 1 Macabeos 3, 47 y 4, 39, etcétera.
El propio Jesús cita esa mortificación en Mateo 11, 21 y Lucas 10, 13.